Intemperies (2012-2013)

Intemperies, 2012-2013

Intemperie es sinónimo de destemplanza, de tiempo desapacible por exceso de frio, calor o humedad. Estar a la intemperie es estar a cielo abierto, sin reparo ni techo. Ambas acepciones justifican el título de esta serie Intemperies. Se trata de un grupo de piezas “escultóricas” en las que intervienen madera, tela, barro, pintura, humo y por supuesto, la luz. Las obras se disponen sobre mesas y reciben la luz cenitalmente. El conjunto conforma un archipiélago conectado por un océano de sombra.  

Intemperies escapa de lo convencional en el arte. Las piezas de esta serie tienen una componente pictórica innegable. En ellas predomina la bidimensionalidad propia de la pintura y sin embargo determinados vectores escapan transversalmente del plano de la representación imponiendo una lectura horizontal. Esta circunstancia es motivada por la presencia de árboles secos y vestigios diversos de actividad humana. De no ser por ellos podríamos encontrarnos ante un paisaje lunar. Sabemos sin embargo que nos encontramos en el territorio de la desolación. El paisaje posterior a un conflicto nuclear quizás tenga este aspecto. 

Hay mucho de metafórico en la obra de Ignacio Llamas. Todo se vuelve tremendamente sutil, nada viene impuesto con violencia gráfica. Las piezas se brindan al espectador con aparente docilidad y sin embargo pronto se revelan herméticas. Una vez superado el estadio inicial en el que nos deleitamos en los aspectos formales, en la belleza de la monocromía, en la aparente lírica del paisaje, nos invade una cierta incomodidad. Es el resultado de la reflexión introspectiva, de una interrogación de segundo escalón, es entonces cuando empezamos a preguntarnos: y esto, ¿por qué?, ¿qué secó este árbol?, ¿qué hace ahí ese cajón?, ¿Quién dispuso así esas piedras?, ¿a qué propósito sirvió esa mesa?, ¿qué ha sucedido aquí?  

La cuestión es que Ignacio Llamas no es un artista lírico, ni constructivista, ni expresionista, aunque de todas estas fuentes bebe su obra y su presencia es evidente. Si él tuviese que incluirse en una estirpe “lo haría en la de los artistas espirituales. Me he dado cuenta de que algunos de los artistas que más me interesan forman parte de ella: Fray Angélico, el Greco, Kandinsky, Rothko…” (“En diálogo profundo” con Pilar Cabañas, Fisuras, Museo Patio Herreriano). Es curiosa esta confesión, pues si exceptuamos al fraile dominico, los artistas citados vienen caracterizados por un ruido pictórico que oscila entre lo musical y lo abiertamente atronador, muy lejos por tanto del silencio de Llamas. La explicación está en la esencia espiritual que destilan todos ellos. Esta condición, la espiritualidad, no entiende de lenguajes artísticos pues reside en la disposición psíquica o moral para desarrollar las características del espíritu. Es ese el rasgo que Llamas reconoce especialmente en esos pintores y el que el mismo elige para reconocerse en el contexto artístico y significar su obra. 

Cristina Fontaneda Berthet